escena

Un olor agradable invade la habitación tras la ducha. Una mezcla entre el jabón, el champú, la crema hidratante y el gel para el pelo. Por la ventana entra, a pesar de ser ya julio, una brisa fresca característica de los días nublados como hoy. Mi mente no se centra en ninguna cosa; el olor, el fresco. Se detiene unos instantes en el cuerpo que se refleja en el espejo. Unas manos –las mías, aunque tan miedosas que casi no las reconozco– lo acarician, deteniéndose en cada línea, cada curva, cada hueso. Respiro hondo. El olor frutado del ambiente consigue calmarme. Miro a mi alrededor para sentirme en casa. Un poco de desorden, mi perfume en el estante, un bolígrafo destapado en la mesa, la cama deshecha. El silencio reina en la habitación, pero no es necesario hacerlo desaparecer. Un vistazo al espejo me hace darme cuenta de que, efectivamente, me han arrebatado algo, algo que no se puede ver. Me muerdo el labio inferior y le doy la espalda a ese espejo, pero unos minutos después, en el baño, recogiendo la toalla húmeda de la ducha, me choco con otro reflejo. Mal desmaquillada, con gesto melancólico, me miro a los ojos para después prometerme que me sacaré de ahí. De ese bucle oscuro en el que me arrojaron unas manos que se declaran inocentes.

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1 comentario

  1. ¡Hola guapa! Me has enamorado con tu escritura, te lo digo de verdad. Me he sentido identificada con tu texto, pero de todo se sale. Parece imposible y casi impensable al principio, sobre todo cuando recuerdas esas manos “inocentes” y lo mucho que prometieron protegerte. Un abrazo.

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