Fin del mundo

Escribir, lo que se dice escribir, escribo como si mañana fuese a acabarse el mundo y yo no pudiese besar tus labios una última vez. Cada noche, antes de cerrar los ojos, imagino que me besas (muy, muy despacio, casi con temor a resquebrajarme los labios) y me dices (muy, muy bajito, como si no quisieras romper el momento) que me quieres. Nos abrazamos y las espinas que recubren nuestra piel nos arañan, abren todas nuestras heridas, pero no nos soltamos porque, al fin y al cabo, nos queremos.

Una utopía, eso es lo que es, al fin y al cabo. En primer lugar, porque ni tú ni yo deberíamos soportar noches enteras de dolor por un abrazo y un beso en los labios. En segundo lugar, porque en los últimos segundos antes de caer en las redes del sueño sólo se puede pensar en utopías.

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Oceans

Hay algo que va mal dentro de mí. He encontrado una pieza suelta: el corazón. Al agarrarlo se me ha manchado el corazón de sangre, pero aún palpita, aún está vivo, luchando contra el frío que invade mi pecho. Suena Oceans, de Seafret, mientras yo juego con el bolígrafo entre los dedos.

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Lobo

Hay un lobo en medio del camino. Tiene ojos oscuros  y enseña las fauces, con el pelo erizado. Avanza de forma dudosa. Ese lobo soy yo. El camino está desdibujado por las lágrimas. No reconozco mis huellas entre la nieve. El frío congela mis extremidades y estoy a punto de caer exhausta y dejar que el gélido aire haga el resto del trabajo. Si miro hacia detrás, un rastro de sangre roja y aún caliente decora la nieve blanca, marcando mi camino. Hacia delante solo hay niebla y sonidos cuyo origen desconozco. Una vez más, me siento sola, arrinconada y en peligro, pero en vez de correr en la dirección contraria, hago alarde de un poco de valentía. El lobo ladra, muestra los dientes y continúa andando. La nieve va cubriendo el rastro de vida que va dejando a su paso, y las lágrimas secan en sus ojos.

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