La caricia del frío • Escena

fotografía cabecera La caricia del frío Lágrimas de Huracán por Andreas López

Sé cómo duele. Conozco ese agudo dolor en el corazón que te hace pensar que te va a estallar. En ese momento deseas que lo haga –por favor– pero, en vez de eso, comienza a expandir sus largos dedos hacia tu cabeza. Cierras los ojos, dejándote invadir por su doloroso zumbido vacío.

Sé cómo se siente. Conozco la sombra oscura que se cierne sobre las esquinas de tu cuarto. Te deja arrinconada y más sola que nunca. Ha pasado dejando su huella en ti: ese grito silencioso que todos ven pero nadie oye. Y ella se va, llevándoselos consigo.

Sé cómo es. Conozco esos ojos lúgubres y silenciosos, la caricia del frío sobre tu piel y el ardor que experimentas entre las costillas. Y ahí te quedas, callada, sintiendo el frío y el ardor, porque no te queda otra.

 


Fotografía por Andreas López

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Poema de las once de la mañana

Con el dolor arrastrándose por la espalda
con la forma alargada de una sombra a las cinco de la tarde
en un invierno gélido
al que me asomo con las manos desnudas
buscando;

Como si cada parte de mí buscase
sin encontrar nunca
sin querer encontrar nunca
una caricia que desgarre la piel y deje que el dolor
fluya hacia dentro;

buscando,
hacia dentro,
sentirme viva.

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latido

latido, autorretrato

Estoy muy asustada
Si fuese un pájaro
mi corazón sería una vibración:
Los latidos son para los fuertes
y yo solo soy alguien que no sabe
dónde esconderse
 

El silencio zumba
es lo único que oigo
mientras caigo
 

he estado en sitios
que nadie quiere pisar
y todos están dentro de mí
 

el pánico es el único nudo
de la soga
que no me deja vivir
 

los pájaros en la cabeza
han perdido el color
poco a poco
 

estoy desgarrada
hambrienta de luz
e invariablemente sola
 

no sé estar en ninguna parte
 

quizá nunca llegue a ser
 
todo esto me encierra
todo se me hace un acantilado
tal vez solo escriba
por tener algo de firmeza bajo los pies
 

no consigo entender
a las personas que dicen
“nunca había llorado tanto”
 

quizá no todos se hayan inundado como yo

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Él

fotografía propia, Vallecas

Con él he aprendido algunas cosas sobre el silencio. Que a veces las palabras sobran. Que, aunque te de vértigo, tienes que hacerlo. O que tienes que hacerlo sobre todo si te da vértigo. He aprendido que no hay forma de arropar el desconsuelo. Que las cosas pueden dar un giro en cualquier momento. Que no sé dónde estaré mañana, pero sí sé a quién tendré a mi lado. Que los para siempre no existen, pero existe el aquí y ahora. Que la próxima vez saldrá mejor. Que hay más de una oportunidad para hacer las cosas bien. Que las balas perdidas también son capaces de acertar en el pecho correcto. Que un abrazo a tiempo puede salvarte, pero que a veces hace falta que el abrazo no llegue. Y caer, caer, caer, hasta que llegues abajo, y sentirle a tu lado. Porque, al fin y al cabo, eso es más importante que una salvación: la compañía con la que volver a levantarse. He aprendido cosas de mí en este tiempo. He visto desfilar al miedo, la angustia, la cabezonería, el deseo, el vértigo, muchas versiones de caídas al vacío. En estos meses me he encontrado los puntos de dolor, las heridas que no sanan, los nudos en la garganta. Al contrario de lo que creía, estoy más perdida que antes.

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aleatorio I, aleatorio II

I.

Hay noches en las que nada me consuela más que abrazarme a tu sudadera y oír un poco tu voz, como si eso significase que aún existo, que no voy a desvanecerme de un momento a otro. Como ignorando que el miedo me come por dentro, me despierta de madrugada y me hace pensar. Pienso en cosas como de qué estaré hecha cuando salga al mundo, si ahora siento como si estuviese hecha de cristal roto, si ni siquiera noto mis latidos, si me falto tantas veces como me fallo.

II.

Ya no sé dónde esconderme de todo. Lo he intentado: desvanecerme, camuflarme, hacerme pequeña, diminuta, y nada. Entonces me miran y tengo que empujar al fondo de mí todo lo que soy, barrer hacia dentro el dolor, las noches llorando, las veces que la angustia me estaba apresando la garganta y yo seguía sonriendo. Y ahí estoy, mirándoles a lo más profundo de la mirada para encontrar un atisbo de que alguien está igual de asustado que yo. Que alguien más se pasa las noches acariciando los barrotes de una jaula y apretando los dientes mientras se jura que mañana volverá a intentarlo todo.

III.

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escena

Un olor agradable invade la habitación tras la ducha. Una mezcla entre el jabón, el champú, la crema hidratante y el gel para el pelo. Por la ventana entra, a pesar de ser ya julio, una brisa fresca característica de los días nublados como hoy. Mi mente no se centra en ninguna cosa; el olor, el fresco. Se detiene unos instantes en el cuerpo que se refleja en el espejo. Unas manos –las mías, aunque tan miedosas que casi no las reconozco– lo acarician, deteniéndose en cada línea, cada curva, cada hueso. Respiro hondo. El olor frutado del ambiente consigue calmarme. Miro a mi alrededor para sentirme en casa. Un poco de desorden, mi perfume en el estante, un bolígrafo destapado en la mesa, la cama deshecha. El silencio reina en la habitación, pero no es necesario hacerlo desaparecer. Un vistazo al espejo me hace darme cuenta de que, efectivamente, me han arrebatado algo, algo que no se puede ver. Me muerdo el labio inferior y le doy la espalda a ese espejo, pero unos minutos después, en el baño, recogiendo la toalla húmeda de la ducha, me choco con otro reflejo. Mal desmaquillada, con gesto melancólico, me miro a los ojos para después prometerme que me sacaré de ahí. De ese bucle oscuro en el que me arrojaron unas manos que se declaran inocentes.

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remolino

fotografía propia para entrada "remolino"

No tengo miedo, no tengo miedo, no tengo miedo.
El olor a deseo en el cuello de los hombres a los que abrazo
el impulso a posar un beso
como una mariposa que se posa sobre piel recién mojada
El olor a la lluvia
en verano
esa chica que baila despacio
en el reflejo del espejo de mi baño
mientras se mira a los ojos
–me miro–

Quién eres, quién eres, quién eres
qué quieres
Las preguntas se escurren
entre los remolinos
de jabón y agua
de la ducha

me reconozco
en esos remolinos.

Un cuerpo desnudo en la cama
que no se refleja en ningún espejo
–quizá por eso no exista–
y algo aletea
en mi piel
algo me está susurrando
que todas estas sombras
existen dentro de mí.

Una mano se desliza
quizá la mía
hacia abajo
y recorre las sábanas
y recorre mi piel

un jadeo rompe el silencio
el olor a deseo está ahora en mi cuello, pero no puedo olerlo
una espalda se arquea
mil imágenes se hacen añicos en el claroscuro de una figura
que se derrumba sobre la cama
y cierra los ojos.

Todo remolino
olor a lluvia
y una mariposa
traslúcida
–de tantos dedos que han tocado sus alas–

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por fin

Tengo las pupilas dilatadas como un gato y un zumbido lleva invadiendo mi cabeza desde que me desperté. Los pensamientos no siguen ningún orden lógico ni linearidad alguna. Como un ser invisible me deslizo entre los recuerdos, sonrío de medio lado y continúo andando. Estoy descalza y las piedras del suelo se clavan en mis pies. Siento cómo el viento se deleita sobre mi piel desnuda, y pronto no es sólo el viento quien me acaricia, sino también las zarzas. Ese dolor punzante me hace abrir los ojos, esos ojos de pupilas dilatadas como las de un gato, y respirar hondo, como si fuese la bocanada que se respira tras ser ahogado. Abro la boca y no sé si reír o llorar. Un sollozo se confunde con una carcajada y, cuando caigo al suelo, estoy sobre mi cama, rodeada por flores estampadas y sábanas blancas que no dudo en arañar. Del hondo de mi pecho se oye un rugido que nadie puede escuchar. Por fin, pienso, mientras noto cómo el lobo de mi interior aúlla, aunque no hay Luna, sólo un sangrante corazón a modo de lámpara.

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born to die

fotografía propia para la entrada de born to die de lágrimas de huracán

Me despierto prácticamente desnuda en la cama, envuelta en el edredón, aunque hace demasiado calor como para arroparme con él. En la radio suena, de fondo, Born To Die, y de repente tiene sentido para mí. Los rayos de sol se filtran por la ventana de la terraza y lo iluminan todo. Aparto la manta y me doy cuenta de que ocupo casi toda la superficie de una cama en la que cabría cuatro veces yo. Me he abrazado a una almohada mientras la otra se apoyaba en mi espada, como intentando hacerme sentir segura. Cuando mis pies descalzos tocan el suelo me estremezco, porque entiendo la letra, entiendo que no ibas a morir, ni yo iba a morir, sino que nosotros, esa construcción inestable y, aún así, hermosa, estaba agonizando. Al mirarme al espejo del baño para lavarme la cara advertí la brisa fugaz de un huracán acercándose. Mandé otro mensaje embotellado en forma de título de canción en una fotografía de Instagram y me vestí, justo donde la luz del sol iluminaba mi espalda desnuda y mis piernas, hacía brillar mi pelo e incluso arrancaba un destello en mis ojos. Al final, todo es teatro cuando se trata de amanecer.

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Podemos fingir

Y, si es eso lo que quieres, hasta podemos fingir que no sabemos cómo huele nuestro cuerpo tras el sexo. Que no conozco los rincones cubiertos de saliva de tu piel. Que no sabes cuál es el punto de mi espalda que hace que la arquee. Que no nos miramos en la distancia y sabemos qué estamos sintiendo. Que no existieron miradas de soslayo ni roces inocentes ni lágrimas abrazando ausencias. Podemos fingir todo lo que quieras, pisar nuestros lugares cogidos de otras manos, mirar hacia arriba en Gran Vía y vernos besando otros labios, pero será eso, puro teatro. Porque tú y yo lo sabemos, sabemos que los trenes de la renfe llevan el olor de nuestro deseo, que las ciudades llevan nuestros pasos y que nuestra huella ha quedado, inevitablemente, en el otro.

Nunca sabremos qué hacer con todo esto, porque a mí me asusta y me entristece que no grites mi nombre y me digas todo lo que callas. Así que sigo asustada, mirando de reojo como si así no supieras que estoy mirando. Quizá no seamos perfectos. Quizá yo no sea perfecta, porque dentro de mí sólo hay miedo y sueños y mil cosas más que sólo sabe mi almohada. Me gustaría ser valiente de una vez por todas. Me gustaría ser valiente y que tú fueses valiente conmigo, que volvieses a cogerme de la mano, que me llegasen tus mensajes bonitos de forma inesperada y que el silencio al otro lado de la línea no fuese de pura decepción.

Sin embargo, si es eso lo que quieres, podemos fingir que no nos conocemos y seguir mirándonos desde el otro lado del abismo. Y no saltar.

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